Los perros en el espacio público

Por: María José Pérez Herrera

Los “alternativos”, “hipsters”, “condechis”, o como nos queramos catalogar –o no– tenemos perros. Vivimos en áreas privilegiadas de la ciudad de México, en donde abundan los parques y en donde no usamos el auto para ir a la tienda de la esquina.

Muchos somos peatones y ciclistas cotidianos y varios de nosotros consideramos a nuestros perros parte de nuestra vida, de nuestra cotidianeidad… Y hasta de nuestro equipo de trabajo a veces, ya que cada vez es más normal compartir una sala de juntas con colegas y, por qué no, un par de perros. Eso sí, ¡cómo agradecemos que sean canes callados y educados!

Yo soy ama de 2.5 perros casi siempre. El .5 corresponde a Jean Paul, el perro de mi ex novio, el cual tiene dos casas, como cualquier hijo de padres divorciados en esta época. A veces tenemos invitados, ya que nos gusta rescatar perros de la calle e invitarlos a pasar unos días a la casa en lo que les encontramos a una familia que los quiera.

Jean Paul, Paco, Rigo y yo (y el invitado si hay) salimos a pasear religiosamente mañana y noche, casi siempre al Parque México o al España, y durante el día vamos a la oficina, andamos en bici, vamos a juntas, a comidas, etc. Una vida normal. En esta casa no conocemos las correas, es una premisa con la que vivimos. He recibido quejas al respecto; no porque mis perros falten a la cordialidad en el
espacio público, sino porque la gente se preocupa y cree que se van a perder. Pero no, mis perros no se pierden. Sólo van al mercado de Michoacán a comer de repente pero, como traen placa, los marchantes me echan un grito para avisarme que ahí andan. Eventualmente regresan a la puerta de mi departamento. Los transeúntes también se preocupan porque los secuestren y me pidan un carísimo rescate por ellos pero no, mis perros no se dejan robar. Tienen una habilidad impactante para defenderse y sacar la cabeza del collar en dos segundos. No me pregunten quién los entrenó porque no se sabe…

Hablando de entrenamientos, me gustaría invitar a todos los perrunos que me leen a que hagamos un esfuerzo por convivir armónicamente todos: la calle, las jardineras, los parques, los restaurantes, los perros, las bicis, los coches, los peatones… Todos. A convivir se ha dicho.

Tienes un perro. Sabes que hace pipí y popó. La pipí de tu perro puede apestar la entrada de las casas; la popó puede embarrarse en los zapatos. Quiero pensar que no te gustaría ser el protagonista de alguna de esas dos situaciones. Entonces evita la primera y recoge la segunda. Es por el bien de todos. También, intenta que tu perro no rasque el pasto que alguien –sea la delegación, vecinos o quien sea– con mucho cuidado sembró para ti. Si tus perros van a restaurantes contigo, sería un detallazo que los eduques a no ladrar, a no pedir comida en las mesas de junto, a convivir. ¿Cómo? Dedícale tiempo. Enséñale que el “¡no!” firme y sin gritos es tu arma más poderosa para que haga lo que le pides.

Si tu perro es peleonero, por favor ponle una correa; si no, te recomiendo soltarlo porque va a ser más feliz. Ojo con las esquinas, debe saber que ese es el lugar en donde SIEMPRE se detiene, por más que cruzando la calle haya otro can. Déjalo jugar, convivir, disfrutar. No es un juguete pero tampoco es un humano que se cuide solo. Tu perro no ensuciará o lastimará el espacio público mientras tú tengas el cuidado de no hacerlo.

Unamos fuerzas y hagamos pequeñas acciones para que todos tengamos perros con los cuales sea agradable convivir.

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